Sobre los límites del deseo en “La Muerte en Venecia” de Thomas Mann
INTRODUCCIÓN
Uno de los leitmotiv de la literatura es el tópico del viaje. Aunque sea representado como una experiencia exterior, siempre termina por subsumir a los personajes en un viaje interior, cuestionando su propia vida y las relaciones con los demás y expresando las tensiones como efecto de la represión de los instintos. Estas narraciones, a las que Mario Vargas Llosa denomina verdad de las mentiras1, son espacios que nos permiten reflexionar sobre los límites de las normas a las que estamos sujetos a través de la imaginación, pero que asoman verdades subjetivas que incomodan, dado que la vida no está hecha solo de razón sino también de pasiones.
En este marco, “La Muerte en Venecia”, obra escrita por el escritor alemán Thomas Mann en 1912, narra una historia sobre los límites del deseo y la relación entre transgresión y muerte, o como diría George Bataille, la relación con el Mal2. Y es que el texto cuestiona las normas al presentar el deseo que habita en nosotros, y que la razón intenta desterrar para hacer posible la civilización3. El protagonista, Gustav von Aschenbach, representa la decadencia artística producto del rigor de la disciplina y el excesivo uso de la razón para producir arte. Emprende así un viaje a Venecia en búsqueda de nuevas cosas. La trama sitúa a un joven adolescente polaco como estímulo para conflictuar las representaciones del protagonista, quien queda prendado por su perfecta belleza. En efecto, presenta la crisis existencial de Aschenbach provocada por un otro.
Lo que guiará la reflexión es si “La Muerte en Venecia” posibilita nuevas formas de aproximarnos a la ley y a lo prohibido. En particular se pregunta: ¿se puede transgredir la ley por seguir el Eros? Sobre esto se plantea que esta obra literaria muestra un viaje interior que va de lo cerrado a lo abierto: hacia un otro. Este tránsito, mediado por Eros, acerca al sujeto a la transgresión de las normas, pero también lo lleva irremediablemente a la muerte.
El texto se divide en dos apartados: el primero muestra los problemas filosóficos que plantea el texto en relación al deseo, mientras que el segundo aborda la relación de la obra con la transgresión de la ley y la muerte.
PROBLEMA/ENCUENTRO DEL DESEO EN LA OBRA
El protagonista, Gustav von Aschenbach, escritor alemán de Múnich en torno a los cincuenta años, se encontraba en el nadir de su vida intelectual: pese a sus títulos y renombre social producto de su inquebrantable disciplina creadora, “donde llevaba una vida de burgués, considerado y respetado” (Mann, 2006: 8), de pronto se halla inmerso en una decadencia espiritual que lo imposibilita de imaginar y producir arte. En este estado emprende un viaje para buscar nuevas experiencias, acción que es impulsada por el encuentro que tiene con un hombre en un cementerio que le recuerda el horror de la muerte. Este símbolo es el puntapié inicial de la trama: él debe huir de la rutina inflexible en la que se halla. Al respecto señala el narrador: “era un ansia indudable de huir, ansia de cosas nuevas y lejanas, de liberación, de descanso, de olvido. Era el deseo de huir de su obra y del lugar cotidiano, de su labor obstinada, dura y apasionada” (2006: 3).
A través de un viaje vía marítima llega a Venecia. Pero el ambiente es extraño: desde el gondolero que lo conduce al hotel y que escapa sin cobrarle para evitar problemas con la ley, probablemente porque su actividad reñía con la norma, así como todos los personajes de la ciudad. Todo parece transgredir la ley, y el protagonista prontamente se entrega a ese estado. Él como extranjero aparece en búsqueda de otras formas de vivir, por lo cual resulta coherente que afirme la extrañeza.
Aschenbach pernocta en un lujoso hotel, y en la recepción conoce al adolescente Tadzio, turista polaco por el cual siente una poderosa atracción. Sobre el muchacho describe Mann:
Advirtió con asombro que el muchacho tenía una cabeza perfecta. Su rostro, pálido y preciosamente austero, encuadrado de cabello color de miel; su nariz, recta; su boca, fina, y una expresión de deliciosa serenidad divina, le recordaron los bustos griegos de la época más noble. Y siendo su forma de clásica perfección, había en él un encanto personal tan extraordinario, que el observador podía aceptar la imposibilidad de hallar nada más acabado (Mann, 2006: 16).
Este encuentro provoca una tensión entre sus instintos y la razón, cuestión que estará presente hasta el final de la trama. Pareciera que Tadzio lo cuestiona con su belleza, a la vez que también le otorga nuevas emociones que le facilitan la inspiración artística. Este cuestionamiento a sí mismo se observa cuando luego del encuentro se mira al espejo y observa su apariencia decadente y el paso del tiempo en su rostro, hasta el punto de parecer enfermo. Es un encuentro simbólico con la inspiración que le provoca la belleza de Tadzio, pero también con la angustia de verse de una forma desconocida hasta ese momento.
Para Emmanuel Lévinas, en “Totalidad e Infinito”, es lo extraño y distante del Otro lo que alimenta el deseo insaciable; deseo que solo tiene cabida si el que desea es “mortal” y lo deseado “invisible”. Y claro, mortal porque es la única forma en que la alteridad puede derrumbar la identidad del sujeto y lo invisible refiere a la imposibilidad de que quien desea conozca lo deseado. En efecto, el deseo tiene como contrapunto una vida pasiva en la que el sujeto se constituye luego de la vivencia con el otro.
Tadzio, con su sencillez y formas simples, le provoca deseo y lo hace olvidar la moral convencional que su mundo burgués le imprimía. Sin embargo, esta belleza del joven dista mucho del ideal de perfección platónica, ya que Aschenbach reconoce que su tez blanca era tan extrema que parecía que estaba enfermo, así como que sus dientes parecían “podridos”. Por otro lado, la narración da cuenta que para el joven Aschenbach no existía, y que éste experimentaba intercambios de sonrisas y miradas en su mera imaginación. Pero esto no era impedimento para que el protagonista sintiera felicidad por momentos, ya que la sola contemplación del joven le provocaba algo.
Mientras en Venecia estallaba una crisis de cólera el protagonista se aferra a la ciudad. Si bien hay susurros de sus habitantes en torno a la tragedia, éstos son silenciados por las autoridades quienes no quieren perder el masivo arribo de turistas a la ciudad. En este sentido se vislumbra un entorno tan decadente e indefenso como el del propio Aschenbach: él no puede marcharse ya que eso implicaría dejar de ver a Tadzio. Pero es este clima de caos lo que representa su interior, y donde ya nada importaba:
“El cuadro de la ciudad enferma y desmoralizada, que se presentaba a su imaginación, encendía en él esperanzas confusas que traspasaban los linderos de la razón y eran de una infinita dulzura. ¿Qué valía la apacible dicha con que había soñado comparada con la esperanza? ¿Qué valían el arte y la virtud ante la presencia del caos? Siguió en silencio, y se fue.” (2006: 43)
Entregado a Eros, a la pasión y al deseo renuncia a todo. Solo mirando al joven pareciera que es capaz de mirarse a sí mismo. Y es por quedarse en ese caos que encuentra la muerte, ya que para él quedarse “le traería la calma, le volvería a sí mismo; pero el que está fuera de sí, nada aborrece tanto como volver a su propio ser” (43). De acuerdo al análisis de Vargas Llosa, la muerte en esta obra tiene dos vertientes: la muerte inevitable al confrontar la imposibilidad de entregarse a su deseo y la civilización, ya que lo primero siempre representa un riesgo y amenaza para la sociedad. Así, para el escritor: “Decir que el escritor se enamora o que se incendia de deseo por el bello muchacho sería insuficiente. Le ocurre algo todavía más profundo: cambia su visión de la vida y del hombre, de la cultura y del arte” (2002: 19). Pero también pareciera un sacrificio por la civilización, ya que la no transgresión de la ley es una afirmación de su sistema moral. Pese a ambas posiciones, cualquiera nos invita a pensar sobre la vida y la muerte y las condiciones de posibilidad de ambas.
TRANSGRESIÓN Y MUERTE
El deseo nos relaciona con lo inacabado, con lo infinito. Por lo mismo, el sujeto puede intentar fútilmente capturar esa fuerza o dar libertad a esa experiencia. La transgresión ocurre cuando la pasión nos impulsa a realizar acciones fuera de la ley, disociando el marco social racional que permite la civilización. El erotismo se funda en la transgresión de la ley, y es una afirmación de la compleja existencia. En el caso de Aschenbach la muerte parecía el destino o la sentencia social por desear transgredir la ley. Pero en su posibilidad erótica con Tadzio restituye su soberanía, ya que casi toda su vida escondió sus instintos. Es precisamente esta restitución que caracteriza el erotismo, lo que para George Bataille en “El erotismo” es el reconocimiento de las pérdidas en las relaciones, contrapuesto, por cierto, al orden o a la búsqueda de sobrevivencia. Muestra la muerte como ejemplo de que no todo se reduce a un cálculo racional, ya que ésta no tiene sentido útil, remontándose a los sacrificios de algunas sociedades primitivas como muestra de ese derroche.
Para Bataille, el ser humano al conocer la muerte adquiere consciencia de su discontinuidad en el mundo. De ahí sin más buscará incansablemente la continuidad en su condición discontinua, pese a que no tenga utilidad, y es esa la transgresión. Al respecto indica:
Somos seres discontinuos, individuos que mueren aisladamente en una aventura ininteligible; pero nos queda la nostalgia de la continuidad perdida. Nos resulta difícil soportar la situación que nos deja clavados en una individualidad fruto del azar, en la individualidad perecedera que somos. A la vez que tenemos un deseo angustioso de que dure para siempre eso que es perecedero, nos obsesiona la continuidad primera, aquella que nos vincula al ser de un modo general (Bataille, 2010: 19).
El personaje de Mann no logra transgredir la ley; es más, su muerte es una forma de reafirmarla. Él intenta controlar su impulso, pero no puede deshacer lo que siente por Tadzio, provocándole sufrimiento. Como señala Lévinas, parte de la fascinación del Otro es la invitación que se realiza a una relación sin leyes o normas de por medio. Y es que el amor es el “plano en el que el yo se transporta más allá de la muerte y se exime también de su retorno a sí” (Lévinas, 2002: 264).
Pero pese a que es esta distancia insoslayable con el Otro lo que permite la acción de Eros, la fascinación implica romper con el sistema racional del protagonista. Para Lévinas el individuo es incapaz de representar a la alteridad, capturarla o definirla, lo que configura la relación en base a ese misterio, y siguiendo a Bataille: “entre un ser y otro hay un abismo, hay una discontinuidad…ese abismo es, en cierto sentido, la muerte” (2010: 17). El erotismo es transgresión y violencia porque busca sobrepasar los límites para ser continuo, y es en la unión con el otro donde se genera un despliegue del yo y se reconfigura. También se destaca el miedo que genera la transgresión, como miedo a lo prohibido, a alcanzar el objeto deseado.
El Otro es otro modo de ser, diferente al Mismo. Por tanto, no puede ser descrito ni “capturado” porque es parte de la estructura de lo infinito. Por ello que el Otro es alteridad trascendente, y la relación de ésta con la muerte radica en la incógnita que representa para el individuo, ya que no puede entrar en una relación con algo que no provenga de él. Por lo tanto, el Otro ejerce un poder misterioso sobre el existir del Yo, que lo excede. En definitiva, la relación con otro es una relación con el misterio y que rompe con la idea de totalidad que encierra al Mismo y lo Otro (Lévinas, 2002).
Y en este movimiento se encuentra Aschenbach. Podríamos señalar que la obra es el viaje del Yo cerrado al Yo abierto, posibilitado por la experiencia erótica del Otro. Pero esto va mediado por la muerte, siguiendo a Bataille, “Le parece al amante que sólo el ser amado puede, en este mundo, realizar lo que nuestros límites prohíben: la plena confusión de dos seres, la continuidad de dos seres discontinuos” (2010: 26). Consciente de sus deseos, Aschenbach nunca lleva a cabo la transgresión, y es la prohibición sin transgresión la que da como efecto la muerte. Y hasta el instante en que tuvo certeza de que Tadzio partiría al ver el vestíbulo con el equipaje de la familia polaca, no logró seguir sus instintos. Cuando va al mar a buscar al objeto de su deseo encuentra la muerte en una especie de despedida o llamada, ya que él tiene la impresión de que el joven le sonreía, como si “le señalase un camino y lo empezara a guiar, etéreo, hacia una inmensidad cargada de promesas” (2006: 121).
No obstante, su muerte también puede observarse desde el punto de vista del sacrificio. Bataille distingue lo profano de lo sagrado, donde el segundo además de negar las fuerzas de las prohibiciones, es contraria a la producción y los gastos racionales, es decir, es el consumo del instante y sin consideración del futuro. Es en este marco donde se mueve el sacrificio. La muerte como sacrificio de Aschenbach puede ser vista como una entrega a la soledad frente a la imposibilidad de tener acceso a Tadzio y también como afirmación de la vida productiva o de las ganancias, siguiendo a Bataille.
Ya sea como sacrificio por la norma o como limite del deseo, la muerte de Aschenbach representa los efectos de entablar una relación con otro a partir del deseo erótico. Tadzio no era un mero objeto del cual el protagonista dispusiera a su voluntad, sino un radicalmente otro que lo interpela y cuestiona a tal punto que vivió una contradicción durante toda la obra entre pasión y la razón.
CONCLUSIÓN
La obra “La muerte en Venecia” presenta las contradicciones del alma humana, en cuanto a la fuerza racional y el deseo mediado por Eros. La descripción de los estragos y el caos que genera Tadzio a Aschenbach nos invita a reflexionar sobre nuestro sistema de pensamiento moderno, en donde se erradica el ámbito irracional o instintivo, sumiéndose en una compleja situación de decadencia, tal cual describe el narrador al comienzo del texto.
Es la aversión a las pérdidas la causante de tanta angustia en el protagonista y lo que alejó su posibilidad de experimentar un acercamiento hacia el joven. El miedo al abismo y a lo desconocido no fueron tan fuertes como el apego a las normas; en efecto, pese a los síntomas y sufrimiento, no fue capaz de transgredirlas, condenándose a sí mismo a la muerte, o dándose como sacrificio a la sociedad.
Al final, el protagonista no es capaz de transgredir la ley y se condena a muerte o se sacrifica por la civilización. Esto porque el otro nos problematiza y nos muestra a sí mismos en una faceta no conocida; asoma la parte pasional que no quisiéramos ver y este miedo al abismo es la que nos apega a las normas jurídicas.
REFERENCIAS
Bataille, Georges. El erotismo. Buenos Aires: Tusquets Editores, 2010.
Mann, Thomas. La muerte en Venecia. Buenos Aires: Edhasa, 2006.
Lévinas, Emmanuel, Totalidad e infinito, trad. D. Guillot, Ediciones Sígueme, Salamanca 2002.
Vargas Llosa, Mario. La verdad de las mentiras. Madrid: Alfaguara, 2002.
Notas
- [←1]
Título otorgado al libro que reúne 35 comentarios a las obras literarias más significativas.
- [←2]
Para Bataille, el Mal es el deseo de libertad que va contra el propio interés y es exento a cualquier cálculo racional. Más que lo opuesto al Bien, es todo aquello que va en contra de la razón y las leyes de la civilización.

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