Pérdida de abreacción desde la mirada de “Los orígenes del totalitarismo”
Introducción
En el presente ensayo se reflexionará sobre algunas cuestiones que plantea Hannah Arendt en “Los orígenes del totalitarismo”, donde hace un análisis que describe la desilusión del siglo XX a partir de los regímenes totalitarios de la URSS y la Alemania Nazi, y da cuenta de la deshumanización de la sociedad y su carencia de creatividad en este contexto. Desde esta perspectiva, se vislumbra la cuestión de que no somos humanos per se, sino que somos apariencia de esto, ya que la dominación totalitaria mostró bajo qué condiciones la sociedad se vuelve inhumana. Como efecto, para comportarnos humanamente deben existir una serie de condiciones determinadas por el sentido común y no por una esencia primera. Pero, dado que la modernidad quiere dominar la realidad y dar certezas sobre los hechos, se tiende a erradicar la creatividad del ser humano y con ello el movimiento del mundo. Para profundizar en la propuesta de Arendt se usará un concepto del psicoanálisis llamado abreacción, técnica a través de la cual un individuo vuelve a revivir una experiencia reprimida, es decir, vuelve al origen de ese recuerdo y permite al ser humano volver a comenzar algo nuevamente. Así, la desilusión del mundo moderno en los regímenes de dominación total es la erradicación de la abreacción.
En la primera parte de este ensayo se describe como esta desilusión moderna es caracterizada por Arendt en “Los orígenes del totalitarismo” y qué implica perder la apariencia humana en los regímenes de dominación total. Luego se presenta cómo la sociedad moderna suprime la abreacción y trae como consecuencia un vivir de eterno abandono de sí mismo y del mundo, por ende, estamos frente a una sociedad homogéneamente inhumana que tiene en común el vacío de su existencia.
- Siglo XX: desilusión del ser humano
Uno de los resultados que dejó la experiencia totalitaria, es que los seres humanos no somos humanos per se, sino que es una construcción. Esto, ya que los comportamientos inhumanos bajo los regímenes totalitarios mostraron que la humanidad no es algo dada, sino que una cuestión creada. Los seres humanos son apariencia creada, y ésta es aprehendida y considerada en la medida que las sociedades comparten un sentido común. La definición de sentido común se basa en una visión occidental de San Agustín, descrita por Arendt en “La vida del Espíritu”. El sensus communis, se refiere a una especie de “sexto sentido”, no en un sentido literal, sino como una facultad humana que permite la adaptación sensorial y hace que el mundo humano sea más familiar y vivible, así: “la realidad es aquello que está ahí incluso aunque nunca podamos estar seguros de que la conocemos” (Arendt, 1984 :68). Es el sensus communis, lo que nos faculta para estar en el mundo con “otros”. Igualmente, esta facultad común nos otorga la categoría de seres humanos a partir de una construcción de todos y no como realidad objetiva. Por ello que el sentido común, en la medida en que se desarrolla en la esfera pública (el espacio entre yo y los “otros”) es una realidad creada, por tanto, de apariencia.
Arendt señala en “La condición humana” que para que exista sentido común, el individuo debe ser un hombre de acción, ya que la acción es la característica fundamental para que exista el hombre (y la mujer), siendo lo que nos define como humanos. Además, es la actividad que se da entre humanos sin la mediación de las cosas, por lo que ésta es tal en la medida en que es realizada junto a los otros, develándose la espontaneidad y la individualidad humana, por ello que: “(…) destruir la individualidad es destruir la espontaneidad, el poder del hombre para comenzar algo nuevo a partir de sus propios recursos, algo que no puede ser explicado sobre la base de reacciones al medio ambiente y a los acontecimientos.” (Arendt, 1974: 611).
El hecho de que seamos apariencia implica que podamos ser percibidos, de que nos podemos mostrar ahí en el espacio público donde se realiza la acción. En este espacio es exigible el reconocimiento del otro y con esto el reconocimiento de sí mismo. Para que este reconocimiento se exprese en la realidad construida (sentido común), debe existir pluralidad, es decir, lo que nos distingue como seres únicos e irrepetibles, seres espontáneos capaces de comenzar y crear. Pero bajo la dominación total Nazi o Bolchevique esto fue radicalmente expulsado, cuestionando así la existencia de los seres humanos:
(…) las masas humanas encerradas en esos campos son tratadas como si ya no existieran, como si lo que les sucediera careciera de interés para cualquiera, como si ya estuviesen muertas y algún enloquecido espíritu maligno se divirtiera en retenerlas durante cierto tiempo entre la vida y la muerte antes de admitirlas en la paz eterna. (Arendt, 1974: 598-599).
En los campos de concentración, esta pérdida de individualidad implica que la apariencia humana ya no es reconocida por otros, lo que conlleva a la pérdida del sentido común; y esta pérdida implica vivir en una fantasía impuesta. Eso es lo que hace el totalitarismo, a partir de leyes de la naturaleza pretende cambiar al individuo, imponiéndose una realidad inflexible y dada. Esto riñe con la noción de sentido común, que exige un mundo dinámico y en movimiento producto de la pluralidad de las personas que actúan en la esfera pública. Lo cierto es que el sentido común implica que estamos ante un mundo que cambia constantemente y es inestable, ya que los humanos están actuando y creando constantemente. Pero en los regímenes totalitarios esto es impracticable, ya que se basan en una lógica coactiva y eliminan la espontaneidad humana y la capacidad de crear. Pero la modernidad también ha contribuido a esta pérdida: el cientifismo y racionalización de la vida produce lógicas en las que la realidad es rígida e inflexible. La progresiva decadencia en el desarrollo del dinamismo y movimiento del mundo deviene en que ya ninguna acción resulta significativa, ya que la realidad es impuesta externamente.
Bajo esta lógica se dice que hay una supresión del sensus communis, ya que para que este exista es necesario el reconocimiento de la apariencia del otro y de sí mismo. Y como el mundo domina la realidad, la apariencia humana pierde su facultad de dar reconocimiento a la acción y ya no es necesaria la creación, ya que el cientifismo y leyes de la naturaleza resuelven las inquietudes. Se pierde el sentido común, porque el humano deja de ser espontáneo; ya no somos capaces de reconocernos como seres únicos e irrepetibles. Esto en el régimen totalitario es esencial, y Arendt llama a esta apariencia humana carente de acción “cadáveres vivientes”, ya que se le despoja de todas las facultades que lo hacen llamarse humano:
La insana fabricación en masa de cadáveres es precedida por la preparación histórica y políticamente inteligible, de cadáveres vivientes (…) repentina e inesperadamente, dejaron a centenares de miles de seres humanos sin hogar, sin patria, fuera de la ley e indeseables, mientras que millones de seres humanos se tornaban económicamente superfluos y socialmente onerosos a merced del desempleo. (Arendt, 1974: 601).
Esta supresión de la individualización deviene en humanos masa, donde es tal la falta de apariencia de sí mismo y de los otros que el ser humano queda aislado y solo, por lo que no se siente parte de nada; se convierte en apariencia superflua e inhumana. Perder la apariencia humana y la pluralidad en el mundo significa que ya no hay humanidad. La sociedad ya no se distingue por sus individuos; hay una homogeneización de ésta. La sociedad homogénea es evidente en los campos de dominación total, regida por el terror ante el abandono y olvido de sí mismo y de todo el mundo:
El auténtico horror de los campos de concentración y exterminio radica en el hecho de que los internos, aunque consigan mantenerse vivos, se hallan más efectivamente aislados del mundo de los vivos que si hubieran muerto, porque el terror impone el olvido. Aquí el homicidio es tan impersonal como el aplastamiento de un mosquito. Cualquiera puede morir como resultado de la tortura sistémica o de la inanición o porque el campo esté repleto y sea preciso liquidar el material humano superfluo. (Arendt, 1974: 595-596).
- Supresión de la facultad creativa: pérdida de abreacción
Esta supresión en el individuo de su capacidad creativa, producto de la pérdida de sentido común, implica que el humano moderno no puede liberarse y desbordarse frente a un acontecimiento que lo transporte al origen de sí mismo y volver a recomenzar luego de esa liberación. Esta descarga emocional es lo que se llamará abreacción. Se usa este concepto, a partir de los estudios de Lévi-Strauss, ya que se considera relevante en la historia de las sociedades porque era lo que otorgaba un sentido y valor a la existencia, ya que se refiere a una condición esencial del individuo conocer su origen, el comienzo sobre sí mismo y de lo que lo rodea. De esta forma puede existir significado y valoración a la vida. Así, a través de la abreacción se evita que el humano se olvide y abandone a sí mismo y de lo que lo rodea, dándole cabida a la acción, en la medida que es descarga emocional y llama a la libertad individual. Pero en los campos de concentración no hay desborde de sí mismo, sino olvido y abandono:
Los campos de concentración tornaron la muerte en sí misma anónima, privando a la muerte de su significado como final de una vida realizada. En un cierto sentido arrebataron al individuo su propia muerte, demostrando por ello que nada le pertenecía y que él no pertenecía a nadie. Su muerte simplemente pone un sello sobre el hecho que en realidad nunca había existido (Arendt, 1974: 370).
La pérdida de abreacción es tal en la dominación total que el humano homogeneizado se olvida del significado y causa de su propia muerte, ya que nada tiene sentido sin el desborde y conocimiento del origen de sí mismo en el mundo. Si el individuo no tiene conocimiento propio y significativo de su origen, cae en un nihilismo, ya que al adquirir el conocimiento dado (o <la cosa en sí>) que le impone la modernidad con el cientifismo y las leyes de la naturaleza, pierde la valoración de su propia existencia. En la dominación totalitaria “Las masas comparten con el populacho solamente una característica, la de que ambas se hallan al margen de todas las ramificaciones sociales y de la representación política normal.” (1974: 395). La marginación en las que se encuentran las masas, deriva de su incapacidad por descargar emociones libremente, ya que un individuo que no se reconoce a sí mismo y el mundo que lo rodea, no puede exigir reconocimiento de los “otros” porque ya no es un ser único e irrepetible.
El totalitarismo, por tanto, en una primera instancia busca a un enemigo que es respaldado por la historia: “Sólo tras haber sido completado el exterminio de los enemigos auténticos y comenzada la caza de <enemigos objetivos>, se torna el terror en el verdadero contenido de los regímenes totalitarios.” (1974: 570). Este enemigo objetivoes incierto y abstracto, pero es fundamental para validar el actuar del régimen totalitario ya que causa el terror ante la búsqueda de este enemigo abstracto que puede ser cualquiera:
La categoría del sospechoso abarca así, bajo las condiciones totalitarias, a toda la población; cada pensamiento que se desvía de la línea oficialmente prescrita y permanentemente cambiante es ya sospechoso, sea cual fuere el campo de actividad en que suceda (…) Como, además es imposible llegar a conocer más allá de la duda el corazón de otro hombre, la sospecha no puede ser mitigada si ya no existen como realidades sociales una comunidad de valores ni las previsibilidades del interés propio. La sospecha mutua, por eso, cala todas las relaciones sociales en los países totalitarios y crea una atmósfera omnipenetrante al margen de la esfera especial de la policía secreta. (1974: 580).
Es este enemigo objetivo la representación de la inhumanidad colectiva bajo este régimen de dominación total, ya que el hecho de reconocer como amigos o enemigos a los otros conlleva a un desconocimiento del yo ya que es este otro el que se aparece ahí y reconoce al yo:
“En un sistema de espionaje ubicuo, donde todo el mundo puede ser agente de policía y donde cada individuo se siente sometido constantemente a vigilancia; bajo circunstancias, además, en las que las carreras profesionales son extremadamente inseguras y los ascensos y caídas más espectaculares son sucesos cotidianos, cada palabra se torna equívoca y queda sometida a una interpretación retrospectiva.” (Arendt, 1974: 581).
Y el efecto de esto es una apariencia inhumana que vive de forma vacía porque no hay reconocimiento de nada, todos son sustituibles y reemplazables en la sociedad homogeneizadora:
En los países totalitarios todos los lugares de detención dirigidos por la policía quedan convertidos en verdaderos pozos del olvido en los que las personas caen por accidente y sin dejar tras de sí los rastros ordinarios de su antigua existencia, como un cuerpo y una tumba(…) La operación de la policía secreta se encarga milagrosamente de que la víctima nunca haya existido”(585-586).
La pérdida de abreacción, se representa cuando la vida del individuo es prescindible, cuando el humano es incapaz de actuar por la falta de significación y valoración a su vida: “El interno en el campo de concentración no tiene precio, porque siempre puede ser sustituido; nadie sabe a quién pertenece, porque nunca es visto. Desde el punto de vista de una sociedad normal es absolutamente superfluo (…)” (597).
Conclusión
Finalmente, se puede decir que la desilusión del humano del siglo XX radica en que la sociedad comprende que la condición humana de hombres o mujeres no se da por naturaleza; el régimen totalitario demostró que los individuos pueden ser igualmente inhumanos, por lo que la categoría de humanos es mera apariencia, y esta apariencia se da en la medida que haya sentido común en el espacio público. Y esta apariencia queda condicionada cuando los individuos se reconocen como seres únicos e irrepetibles.
El totalitarismo es la muestra en extremo de la pérdida de las condiciones que nos hacen humanos. La supresión de la apariencia humana empieza cuando se termina la libertad, cuando no hay abreacción. La abreacción es el medio por donde el humano puede desbordarse y afirmarse a sí mismo, ya que no hay abandono ni olvido, porque tiene el significado de sí mismo en su espontaneidad e individualidad. La petrificación de la acción es lo que origina toda la inhumanidad de la sociedad moderna, y la acción tiene relación con el origen: si el hombre no se abandona y olvida a sí mismo y a todo lo que lo rodea, podrá crear un mundo junto a otros, y dar movimiento y dinamismo al mundo, y sólo así no se impondrán realidades basadas en leyes de la naturaleza como en el totalitarismo.
Referencias
Arendt, Hannah. 2003. La condición humana. Traducido por Ramón Gil Novales. Buenos Aires: Paidós.
Arendt, Hannah. 1974. Los orígenes del totalitarismo. Traducido por Guillermo Solana. Madrid: Taurus.
Arendt Hannah. 1984. La Vida del Espíritu. Madrid: Centro de Estudios Constitucionales.
Lévi-Strauss, C. 1995. Antropología estructural. Buenos Aires: Paidós.

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